Lo veo a menudo, demasiado. Y pasa en todo tipo de empresas y organizaciones. No nos hacemos las preguntas correctas. Y como consecuencia divagamos, improvisamos y nos equivocamos. Mucho.

Todos sabemos que muchas reuniones son una pérdida absoluta de tiempo. Y lo son por la ausencia de preparación previa, la falta de compromiso por parte de los participantes o las discusiones bizantinas entre muchos otros motivos. Pero hay un mal más profundo y preocupante tal como yo lo veo: no nos hacemos las preguntas correctas.

Las preguntas que nos hacemos son el motor que nos mueve, lo que impulsa el cambio. Sin preguntas no tenemos nada en que pensar. Si no nos hacemos las preguntas correctas no estamos enfocando correctamente nuestro nivel de pensamiento hacia lo verdaderamente sustancioso. Y es entonces cuando ponemos la atención en nimiedades, anécdotas o en lo más inmediato. Una mente que no se hace preguntas es una mente que intelectualmente no está viva. Y cuando esto lo trasladamos al conjunto de una organización como es una empresa lo que encontramos es que pasa exactamente lo mismo. Cuando deja de hacerse las preguntas relevantes ésta va muriendo poco a poco. Un poco en cada reunión, en cada decisión no tomada.

Las preguntas correctas son aquellas que permiten enmarcar bien un tema, acotarlo, ponerle límites e ir a su raíz. Las que hacen una pequeña parada para coger altura y ver más allá. Las que no buscan medicar el enfermo sino identificar las causas de su mal. Las que pueden ser incómodas, difíciles de responder y nos retan. Las que huyen de los lugares comunes y las generalidades. Las que por ser contestadas necesitan de la inteligencia colectiva frente a los solitarios liderazgos.

Una pregunta incorrecta, en cambio, es aquella que evita el conflicto. Por temido o por indeseado. La que formula la realidad de una manera irreal. La que quiere huir de la reflexión más cuidadosa, la que no quiere precisión, la que quiere prisas. La que engañosamente aparca los problemas, los deja para una próxima ocasión. La que no nos hará cambiar ni evolucionar. La que, en definitiva, menos nos conviene. La que nos va matando lentamente.

No hacerse las preguntas correctas nos lleva a un bajo nivel de comprensión de la realidad. Nos lleva a conversaciones superficiales, de compromiso y cortesía. Nos lleva directos a repetir los errores del pasado. A eternizar la manera de hacer las cosas porque simplemente se está observando la realidad desde un filtro limitante, que no deja mirar hacia los márgenes, abrir la mirada. No hacerse las preguntas correctas hace que una organización se comporte de forma rígida en sus procedimientos, muy poco maleable para los tiempos que corren. Y entonces nos encontramos con empresas que tienen estructuras acostumbradas a no cambiar, a no cooperar. En definitiva que no saben adaptarse a los cambios de forma ágil.

Ahora hablamos mucho de transformación digital y es cierto que es muy relevante hacerlo porque el tsunami que se acerca se llevará muchas cosas por delante. Pero de la expresión “transformación digital” la segunda parte, digital, es la que menos miedo me da. La transformación digital lleva asociada una velocidad que para muchos será inalcanzable. Los cambios que vienen son profundos y sobre todo vienen a toda velocidad. No tendremos ya 20 años más para adaptarnos. Hace tiempo que nos llegan señales del futuro que nos avisan de lo que significará la robótica, la industria 4.0, la IOT, la tecnología de blockchain o la impresión 3D. Pero chico, no hay manera. Una y otra vez vemos organizaciones que no saben detenerse y pensar más allá de lo inmediato. Y cuando lo inmediato sea inevitable entonces vendrán el llanto y las acusaciones hacia la tecnología. Y si no, al tiempo.

Pero si hablamos de “transformación” eso ya son palabras mayores. Transformarse significa cambiar, significa ser creativos e imaginar futuros diferentes. Y para ello lo primero que necesitaremos es hacernos las preguntas pertinentes. Si no lo hacemos el diagnóstico y las ideas que nos vendrán serán del todo letales. Ya sabemos lo poco que nos gusta cambiar y ahora más que nunca debemos actuar en unos entornos de trabajo exigentes a cada paso. Hay mercados en los que decir VUCA es quedarse corto. En un momento histórico como este, donde el futuro se está acercando a una velocidad nunca vista es el momento de parar, dejar de evitar lo inevitable y hacernos aquellas preguntas que nos ponen delante del espejo.

Y tú, estás dispuesto a hacerlo?