[Artículo publicado el 13/04/2021 en el Indicador d’Economia]

Hay un tipo de marketing que resulta agotador. Para los que se supone que son los clientes pero también para quien hace uso. Este marketing tiene diferentes escuelas, al igual que sucede en la gran distribución. Nada que ver un gran hipermercado de Lyon con uno de Shanghai o uno de Springfield. A primera vista sí, pero si uno se fija en los detalles se dará cuenta que el planteamiento y estrategias son bien diferentes. No hay que ser ingeniero de puentes y caminos para darse cuenta.

Pues con el marketing pasa algo igual, se ve a simple vista. El problema es que hay marcas (y profesionales) que piensan que las marcas importan al cliente. Y no, el cliente tienden a importarle bastante poco las marcas. Con esto no quiero decir que la marca no importa, ¡al contrario! Es de lo más importante que tienen las empresas. Y en muchos casos influye decisivamente en las compras. A lo que me refiero es a que muchas marcas confunden esto con creer que sus clientes quieren pasarse el día escuchando sus bondades. Pero es que resulta que los clientes, nosotros, no tienen ningún interés en recibir noticias o novedades insípidas, indiferenciadas, pesadas y sin ninguna gracia. Según el estudio Meaningul brands de Havas en 2019 a los usuarios no les importaría que desaparecieran el 77% de las marcas. Y no me extraña. Porque ya estamos hartos de según qué tácticas baratas, toscas y terriblemente invasivas.
Han pasado ya más de diez años desde la explosión de las redes sociales y el fracaso es evidente: las marcas, lejos de escuchar y hablar directamente con el cliente, siguen hablando solas y sobre sí mismas sin ninguna sustancia. Cuidado, no seré yo quien defienda que las marcas no actúen en las redes sociales, sino al contrario. Pero deben hacerlo con contenidos que sean realmente interesantes y relevantes para los usuarios, que les atraiga de forma que quieran seguir en contacto.

¿Cómo? ¿A través de las cookies? ¿Con pesados ​​e insistentes anuncios que los persigan por todo internet? ¿Llamando a cualquier hora y a puerta fría? ¿Comprando bases de datos para freír a correos indiferenciados? ¿Haciéndonos creer que la última oferta irresistible sólo es por nosotros y por poco tiempo? Pues no, obviamente no. El ser humano puede parecer imbécil, pero no es tonto del todo.

Atraer a los clientes (nuevos o existentes) es totalmente lícito, pero es necesario que cierto marketing  quede atrás y aprender que debe ser el cliente quien, voluntariamente, quiera seguir en contacto con nosotros. Sólo así el marketing podrá ganar prestigio de nuevo y las marcas sobrevivir al tsunami digital.

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