La transformación que tenía que llegar

La transformación que tenía que llegar

[Artículo publicado el 24/04/20 en Indicador de Economia]

Ya hace unos años que, como dicen los americanos, teníamos un elefante en la sala: la transformación digital. Y, seamos sinceros, no hemos hecho los deberes. Nada que no sepamos, que no nos hubieran avisado. Unos y otros nos hablan de la transformación por aquí, la transformación por allí. Y a veces da la sensación de que nadie sabe muy bien de qué se habla cuando se habla de transformación digital. Que si esto, que si aquello.

Y es que se confunde digitalizarse con transformarse digitalmente. Puede parecer lo mismo pero no es igual. Cambiar el ERP o incorporar un CRM no es transformarse digitalmente. Trabajar sin papeles tampoco es transformarse digitalmente. Hagámoslo, porque tenemos niveles de productividad demasiado bajos. Todo esto es genial pero pertenece al terreno de la eficiencia, de la digitalización de los procesos. Pero no al de la transformación digital.

Para mí la transformación digital impacta en la empresa, sobre todo, de tres formas posibles: en mejorar como se entrega valor al cliente, en las oportunidades de crear nuevos productos / servicios o en la identificación de nuevas oportunidades para generar ingresos. Lisa y llanamente.

Y, desde luego, una vez hecho este análisis habrá un impacto altísimo en los procesos y sobre todo en las personas. Como en todo cambio. Transformarse digitalmente también pide incorporar nuevas formas de relación y cooperación en las empresas. Nuevos estilos de liderazgo, más impulsores que controladores. Más inspiradores que dictadores. Más democracia que jerarquía. No por capricho, no por buenismo. Hagámoslo porque en esta nueva era que se vislumbra es necesario contar con todo el talento de que seamos capaces. Y para poder lucir mejor el talento no quiere ser mandado, quiere ser inspirado. El líder que está pendiente del último detalle y no deja aire para respirar no tiene cabida en una organización más descentralizada, que trabaja de forma asíncrona y que tiene que cambiar de forma ágil a cada paso.

Porque esto también va de agilidad. De ser hábiles para llevar innovaciones al mercado lo más rápido posible. Y lo más rápido posible aprender de los errores. Y rectificar, y volver a insistir enseguida.
Tengamos pues organizaciones ágiles, rápidas. Mejor hecho que perfecto. No nos podemos permitir ya pasar años distraídos de charla en charla pensando que sí, que esto es muy interesante y que ya veremos. Ahora sí que ya no hay tiempo. La economía ha entrado en pausa y nadie sabe bien cómo quedará de afectada. Los clientes de nuevo han cambiado y lo están haciendo en unas circunstancias muy especiales y difíciles. Cuanto más rápidamente sepamos ir reaccionando mejor nos irá.

Hemos perdido unos años muy valiosos en los que no hemos hecho los deberes, pensando que esto llegaría algún día y que tendríamos tiempo de adaptarnos. Y, mira tú por dónde, ha venido un virus a revolverlo todo. Ahora necesitaremos ir mucho más allá y con cierta urgencia.

Sin embargo la transformación digital puede ser todavía una oportunidad para muchas empresas, especialmente aquellas menos impactadas por el efecto del COVIDIEN-19. La transformación digital no es una varita mágica para solucionar los problemas de cualquiera. Los negocios que tengan una alta dependencia de la presencialidad en la entrega de sus productos / servicios seguramente son los que más van a sufrir a corto plazo. Pero sí es una alternativa para tener un modelo industrial moderno, ágil y competitivo en una economía llena de incertidumbres.

De las crisis no necesariamente salen oportunidades pero sí son un buen momento para repensarlo todo. Todo.

Y puestos a repensar, pongamos la mirada en 2030, no en 2010.

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Si solo tienes una idea, no tienes nada

Si solo tienes una idea, no tienes nada

[Artículo publicado el 16/3/2020 en Indicador de Economia]

A las empresas nos cuesta pensar. Será por nuestra cultura empresarial, por las prisas, o por todo un poco. El día a día nos come, no nos deja margen a la creatividad y la innovación. Somos más de acción que de reflexión. Y lo necesitamos, ahora más que nunca. Estamos en una era de transformación en muchos sentidos. Una era que nos exigirá revolver los modelos de negocio, definir nuevos servicios y productos e incluso identificar nuevos mercados. De modo que con ir haciendo no habrá suficiente. Nos harán falta ideas disruptivas, ideas rompedoras con lo establecido que nos permitan ir mucho más allá. Necesitaremos crear nuevas soluciones, nuevas líneas de trabajo, nuevos proyectos. Crear a partir del talento, de las ideas. Crear para innovar.

Cuando pido a un grupo de profesionales si se consideran creativos os podéis imaginar las respuestas. Primer mito a desmontar: ser creativo no es ser artista. Creativos somos todos. O podemos ser. Tener ideas está sobrevalorado. Con esto no quiero decir que las ideas no tengan valor, al contrario! Pero no son un elixir reservado a cuatro privilegiados. De ideas, buenas o malas, tenemos todos. Todos sin excepción. Así que mira a tu alrededor y observa la cantidad de buenas ideas que se están perdiendo escondidas en «no, yo es que no soy una persona creativa».

Si eres de aquellas personas que tiene buenas ideas en la ducha, haciendo deporte o escuchando música tengo noticias para ti. Nos pasa a casi todos. Es normal. Lo que no es normal es tener ideas en una sala gris, con luz artificial y con el único sonido de los fluorescentes. La innovación es creatividad aplicada y para poder aplicar creatividad necesitamos docenas de ideas, quizás cientos. La calidad va precedida de la cantidad. De modo que si el procedimiento que se aplica en tu casa es abrir las libretas, miraros las caras y esperar que la magia suceda yo iría cambiando de táctica.

Para tener grandes ideas a implementar es necesario primero ir dos pasos atrás. En primer lugar debemos aprender a hacernos las preguntas correctas, a saber plantear los problemas como retos. Lo que hacemos habitualmente para generar ideas es listar los problemas, enunciarlos. Pero enunciar un problema no es formular una pregunta. Esto simplemente lo describe, lo deja sobre la mesa y puede crear incluso situaciones incómodas. Enunciar un problema es identificar los problemas del enfermo, pero no hacer un diagnóstico del mejor tratamiento. La pregunta debe ser el bisturí que abre el camino, no la constatación de algo a resolver.

En cambio, una mirada al problema como un reto a solucionar cambia la predisposición del equipo en su compromiso para encontrar una solución. Pasar del «Sí, pero …» en «Y si …?» puede ser verdaderamente rompedor. Cambiar las opiniones jerárquicas por participaciones democráticas. Pasar de la discusión en el intercambio de propuestas. Visualizar pensamientos en lugar de confrontar opiniones.

Pero después debemos saber aplicar técnicas para explorar los retos y generar ideas. Muchas. Muchísimas. Y aquí es donde a menudo fallamos. En generar ideas de forma masiva. Seguro que todo el mundo conoce la lluvia de ideas pero más allá de eso hay miles de técnicas posibles. Si no sabéis por dónde tirar podéis realizar una sencilla búsqueda en Google y encontraréis miles de hilos por donde seguir. Un buen punto para empezar son los libros «Game Storming» o el ya clásico «Thinkertoys». Para generar soluciones verdaderamente disruptivas necesitamos crear un clima creativo suficientemente rompedor y fuera de lo previsto. Si siempre hacemos las mismas cosas no es de extrañar que obtengamos resultados similares.

Después ya vendrán los filtros. Las evaluaciones, los análisis de rendimiento y viabilidad. Y aquí ya veremos cuál de los cientos de ideas será la que salga adelante en forma de proyecto. Porque de eso se trata, de generar proyectos disruptivos. Tener ideas para tener ideas es inútil, no nos aporta nada. Las personas que marcan la diferencia no son las que tienen ideas, ideas tiene todos. Las quienes marcan la diferencia son aquellas que son capaces de seguir todo el proceso e implementar proyectos.

Sí a la acción. Pero antes pongamos la inteligencia y la creatividad.

 

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Fracasar no es aprender

Fracasar no es aprender

Tal vez sea porque en esta vida me he llevado ya un buen puñado de decepciones. Y no me quejo. Si hago balance en lo vivido hasta ahora he tenido muchos más momentos de éxito que de fracaso.

Tal vez sea porque se me levanta una ceja ante las frasecitas de Mr. Wonderful. Soy más fan de Mr. Puteful, la verdad. Frases como «Sonríe, nada tiene tanta gravedad» o «si te esfuerzas no habrá sueño que se te resista» no son para mí.

Pero si algo he aprendido es que poner toda la carne en el asador a menudo no basta. Que querer no es poder. Es una condición necesaria pero no suficiente. Querer es lo que abre la puerta a poder. Y luego viene el contexto, las circunstancias, el azar, todo lo demás.

En cambio, me da la impresión que el fracaso es algo de lo que cuesta hablar, ya no digo admitir. Cada vez se hace más presente este marco mental entre cierto tipo de emprendedores en el que el fracaso parece que no forme parte de las posibilidades. Como si fuese algo inadmisible, improbable. Como si la determinación hacia el éxito automáticamente elimina cualquier tipo de contratiempo. Y mira, pues no.

Estoy pensando, por ejemplo, en todos esos que asumen las pérdidas multimillonarias como algo normal. Lo siento, pero las cosas no son así. Perder dinero a cientos de millones no es lo normal. Puede ser el camino a algo mayor y rentable, sé de sobra de qué va. Pero también puede ser un fracaso monumental de consecuencias nefastas para todos los implicados. Hemos visto proyectos con montones de talento, buenas personas y recursos suficientes y aún así fracasaron. Así que alerta, porque esa posibilidad existe y está ahí, agazapada.

Muy a menudo este mantra se completa con la idea «no se fracasa, se triunfa o se aprende». Error. Fracasar es fracasar, y ya. Si eres listo puede ser que aprendas, pero tampoco es mandatario. Demasiadas veces se atribuye el fracaso a terceros, al entorno, a los tiempos. Pero chico, ¡cómo cuesta asumir que te has equivocado!

Que esa decisión estratégica la tomaste a ciegas, sin escuchar. Que no te habías preparado lo suficiente. Que escogiste malos compañeros de viaje. Que no supiste leer las señales. Que te cegó la ambición. Que te mataron las prisas. Que te perdiste en los detalles. Que procrastinaste más de lo que deberías.

Así que voy a intentar poner blanco sobre negro, por lo menos en mis pensamientos.

Un fracaso sucede cuando el resultado no es el esperado, cuando no se cumplen las expectativas. Cuando los proyectos se vienen abajo, cuando todo aquello que habías visualizado se desvanece.

 

¿Se aprende de los fracasos?

Bueno, pues depende de ti. Puede que sí o puede que no.

Si eres capaz de darte cuenta de los múltiples errores que ayudaron a fracasar vas a acumular aprendizaje, sin duda. Echar la vista atrás no es inútil. Al contrario, te puede servir para ver todo lo que hiciste mal y pudiste hacer mejor. No digo que todos los errores sean tuyos. Relájate, tú no controlas el universo entero. Pero sí está en tus manos ser cada día un poco mejor. Trabaja por tu 1% diario de mejora y tu margen de incertidumbre se irá reduciendo.

Pero si lo único que aplicas es una psicología de avestruz lo más probable es que seas un mono con cuchillos. El fracaso no es motivo para esconderse, a no ser que seas tan idiota como para no admitir tus errores y darte cuenta de cómo no repetirlos.

La clave como te digo es el aprendizaje. Crear, innovar, ir más allá implica acertar cierto grado de incertidumbre hacia lo desconocido. Así que toma ese viaje con los cinco sentidos para aprender todo lo que puedas, ajusta la mirilla y sigue adelante todo lo mejor que puedas.

Y recuerda, no somos máquinas perfectas ni completas. Ni dominamos el caos. La complejidad es la madre de la incertidumbre. Podemos intentar reducir los márgenes de error, pero forma parte de nosotros. Así que vive con determinación, pero también con aceptación que el fracaso forma parte del proceso. Que te sirva o no depende solo de ti.

 

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Sobre el conflicto del taxi y las VTC: el coste de los no clientes

Sobre el conflicto del taxi y las VTC: el coste de los no clientes

Mucho se ha dicho y escrito a estas alturas sobre el conflicto entre el sector del Taxi y las VTC pero a mí me gustaría hablar del futuro coste de los no-clientes para el Taxi. No me refiero sólo a los que habitualmente no consumen el servicio sino a los que ya han desconectado emocionalmente del taxi, su modelo de negocio y propuesta de valor.

Me explico.

Cómo consiguen crecer las empresas

Tradicionalmente para crecer y seguir vendiendo las empresas se han fijado en sus clientes actuales y en cómo captar nuevos clientes que se parezcan a los que ya tenían. Y para eso utilizan todo tipo de métodos y herramientas de captación y fidelización. Simplificando el proceso, básicamente consiste en analizar la situación actual de la empresa, definir unos objetivos de mercado y comerciales y desarrollar una estrategia que satisfaga esos intereses. Este tipo de aproximación puede (¡o no!) generar crecimiento a través de como decía la captación y fidelización de clientes pero es bastante improbable que lleve a oportunidades de crecimiento significativas. Así se pueden conseguir incrementos ligeros y difícilmente tendrán lugar propuestas innovadoras y disruptivas. En este contexto, la asunción de riesgos queda limitada al mínimo y se confía el esfuerzo a la presión comercial y de marketing.

Pero en cualquier caso el tamaño de mercado de los clientes que no compran es inmenso, mucho mayor que el mercado actual en la mayoría de los casos. Claro, es evidente que en muchos casos puede suponer una simple elección de segmento de mercado y por tanto de renuncia. Pero cuando una empresa tiene dificultades para alcanzar sus objetivos mi experiencia me dice que no dedica tantos esfuerzos a revisar cuál es su cliente ideal como a presionar con más fuerza a su fuerza comercial. Este nivel de pensamiento lleva a concluir que si no se vende más es cuestión de mejorar los métodos de comercialización.

Es sangrante ver una y otra vez cómo muchas empresas no tienen ni idea de porqué no les compran los que no les compran. Una y otra vez se repite el ciclo descrito creyendo que los cambios en el perfil de cliente y sus intereses serán mínimos, constantes en el tiempo. Pero no. Resulta que por si alguien no se ha dado cuenta todo ha cambiado. Y más que lo va a hacer. Ya no entendemos la vida cotidiana, profesional o no, sin la interacción con la tecnología. No hace falta ser un gran especialista para darse cuenta de cómo nos ha cambiado la forma de consumir productos y servicios plataformas como Airbnb, Booking, Spotify, Whatsapp, Netflix o Amazon por mencionar algunos. ¿Es que alguien piensa que todo volverá a ser como antes?

Y no es un tema sólo de tecnología, que también. No se trata ahora de que los taxis tengan una aplicación tan completa o más como la de Uber. Se trata de que si quieren sobrevivir a los próximos diez o veinte años todo tiene que cambiar, especialmente su modelo de negocio y propuesta de valor. Todos nosotros hemos adoptado nuevas formas de consumo y las hemos acabado incorporando de forma natural ya a nuestro día a día. Hablar de los no-clientes supone averiguar porqué los que podrían comprar no lo hacen, averiguar cuáles son las barreras que se encuentran y los límites que se les está poniendo para que sean clientes.

La propuesta de valor del Taxi y las VTC

Observo con algo de tristeza el conflicto entre taxistas y conductores VTC y echando de menos muchas cosas. La primera la falta de anticipación en las regulaciones del sector. Porque que esto iba a pasar se veía venir desde hace años. Tener un sistema protegido por licencias no es algo que el consumidor acepte ya fácilmente. Y si lo hace es entendiendo que estamos en un mercado libre todos nosotros y por tanto no hay ninguna conveniencia en sobre proteger a nadie de los riesgos de su inversión. O de su especulación. Y que sus reivindicaciones a menudo han sido percibidas por la población casi como un chantaje tampoco es ninguna exageración.

Pero es que lo grave del tema es que en los próximos años todavía van a venir cambios más disruptivos alrededor de la movilidad en las grandes ciudades. Seguro que los coches autónomos van a tardar algo en llegar, pero el car sharing y tantas otras alternativas ya están encima de la mesa. De la misma forma que multitud de industrias han visto como su producto se convertía en servicio va a ser difícil que la idea de propiedad del coche siga igual a como la hemos conocido. Lo hemos visto con los CD, con los libros, con los carretes de fotografía y con tantos otros productos. Se le llama transformación digital y ya está aquí. Así que no tengan los taxistas ninguna duda de que su momento ha llegado, el cliente está preparado para una transformación del servicio. No hablamos sólo de una modernización, de chapa y pintura. Hablamos de una revisión a fondo de cómo pueden seguir siendo relevantes en un contexto de revolución de la movilidad en las grandes ciudades. De cómo nos van a ofrecer soluciones flexibles de movilidad ajustadas a nuestros intereses. Y no de un modelo de negocio caduco que, con adaptaciones, se parece demasiado al de hace décadas.

Los consumidores de servicios no aceptamos más no estar en el centro de la propuesta de valor. En una economía de abundancia de opciones como es la nuestra cualquier otra cosa suena rancia, antigua y traicionera.  Ahora más que nunca las empresas deben esforzarse por comprender en profundidad a sus clientes pero sobretodo a sus no-clientes, aquellos que ahora mismo jamás consumirían sus servicios. Conocer cuáles son sus motivaciones, las barreras que les ponen al consumo, sus necesidades y expectativas y en definitiva todo aquello que les impide ser clientes.

Los que hemos consumido servicios de taxi tradicionales y de VTCs sabemos perfectamente cuáles son las diferencias. Y no son pocas. Ruta conocida previamente, perfil del conductor, configuración del vehículo, coste conocido, geolocalización, pago automático, etc. etc. Eso por no hablar del trato y relación con el cliente. Y si como clientes dejamos de lado el resto de elementos del conflicto lo que vemos al mirar hacia al taxi es a todo un sector que no nos pone en el centro y que no quiere dar el salto que el cliente está pidiendo.

Si el sector del taxi aspira a crecer en el número de clientes que va a tener en el futuro debería enfocarse en analizar cómo va a ser la movilidad en el futuro y cómo adaptarse. No seré yo quién dé o quite razones a unos o a otros porque seguro que de todo un poco hay. Sin embargo, la forma en cómo los taxistas han afrontado el conflicto y en general la falta de reconversión del sector es un auténtico drama. Se condenan la violencia y las agresiones, pero a la vez se habla de la crispación como justificando lo que pasa. Y seguro que pagan justos por pecadores. No se han esforzado en comunicar correctamente sus razones y reivindicaciones. Seguro que fruto de la frustración y razones que no dudo tendrán. Pero en esta era de la comunicación inmediata, ¿en qué cabeza entra las imágenes que nos están regalando estos días? Seamos claros, los taxistas han generado más rechazo que otra cosa.

El número de no-clientes del taxi se ha disparado a raíz del conflicto, crece el número de personas a las que subirse a un taxi le crea rechazo. Hoy hay ya un número incontable de personas que han desconectado emocionalmente de ellos, que ya no se plantearán llamar a un taxi si tienen alternativas. ¿Cuántos no-clientes han creado ellos solos estas últimas semanas?¿Cuál es el coste de no-cliente que están dispuestos y preparados a asumir?

Así que en el futuro se les plantean como mínimo dos problemas muy serios. El primero de ellos, cómo volver a enamorar a los que han desconectado emocionalmente.
Difícil. No imposible, pero difícil.

Y el segundo, y mucho más profundo, ¿hasta cuándo podrán retrasar la transformación necesaria?

 


Foto de Lucas Gallone en Unsplash

Por qué cambiar el entorno para generar nuevas ideas

Por qué cambiar el entorno para generar nuevas ideas

Somos animales de costumbres, tanto que cada mañana repetimos sistemáticamente y de forma muy poco creativa los mismos pasos. Y lo hacemos de una forma tan precisa que parecemos máquinas. Nos despertamos adormecidos, con el sueño a cuestas y repetimos la rutina de cada mañana como implacables robots. Robots que no necesitan pensamiento creativo, generar ideas ni tomar decisiones. Lo único que necesitamos es ponernos en marcha y hacerlo a la hora justa. Y así es como poco a poco nos vamos despertando, activando y preparándonos para lo que vendrá más tarde. Lo podemos hacer gracias a que sabemos con total precisión donde tenemos cada objeto: los zapatos, el despertador, el cepillo de dientes o la tostadora. Casi lo podríamos hacer a oscuras. Sólo hay que aplicar la rutina de cada mañana con precisión y nos acabaremos convirtiendo en alguien presentable.

Y es que la rutina está muy bien, es muy útil. Cuando va acompañada de orden está aliada con la eficiencia. Si tenéis niños ya sabéis que a la mayoría les gusta las rutinas, las siguen y les ayuda a diferenciar lo extraordinario de lo cotidiano. Las rutinas hacen que ellos tengan muy claro cuando un acontecimiento es especial o si por el contrario responde a la normalidad de la vida diaria. Las rutinas o mejor dicho, la ausencia de rutinas, hace que se les despierten todos los sentidos y se pongan en guardia ante lo extraordinario. Hace que abran todos los sentidos al máximo, que hagan nuevas preguntas, nuevos aprendizajes, nuevas construcciones mentales.

Pero, ¿y que pasa con los adultos? ¿Cómo es nuestro día a día profesional?

Cómo son nuestros entornos de trabajo

Bien, amigos míos, que nadie se me enfade pero a menudo las empresas son una máquina de destrucción de creatividad. Maquinarias perfectas para imponer rutinas, horarios, normas, límites, costumbres, hábitos, rigidez y resistencia. Maquinarias implacables para abortar la sorpresa, el aprendizaje. Y todo esto también es muy útil, es lo que permite que muchos procesos funcionen como un reloj. Necesitamos normas y rutinas para poder llevar a cabo nuestra tarea. Las empresas necesitan establecer sistemáticas de trabajo para que las cosas funcionen de forma estandarizada y con un nivel de resultado digamos esperable.

El problema empieza cuando lo que necesitamos no es rutina sino creatividad y liderar el cambio. Cuando, igual que los niños, lo que necesitamos es activar los sentidos y la receptividad. Hacer nuevas conexiones mentales, generar nuevas ideas y cambiar los enfoques. Aquí ya la cosa cambia, ¿cómo lo hacemos pasar por el filtro de nuestras rutinas? Igual que los niños nuestros equipos de trabajo también necesitan rutinas, sí. Pero también es crítico mezclar la rutina y lo esperable con estímulos que despierten los sentidos y nos activen las neuronas.

A ver, de los que estáis leyendo esto; cuántos habéis estado alguna vez en una sala de reuniones amueblada en tonos grises con un cañón proyector, un rotafolio, una pantalla y/o una pizarra?
Seguro que muchos habéis asistido a la típica reunión para sacar ideas en la cual los participantes se miran las caras y la libreta en blanco esperando que se haga la hora. Y seguro que muchos habéis tenido ideas mientras practicabais deporte o hacíais cualquier otro actividad nada relacionada con vuestro trabajo.
Y es que la parte creativa de nuestro cerebro no funciona a demanda, no es una máquina que podamos someter a rutinas tan fácilmente. Podemos ponerlo en modo repetitivo pero no en modo repetitivo y creativo, esto ya es mucho más complicado.

Haz cosas diferentes para generar ideas diferentes

Hay muchas formas de crear estímulos, empezando por el mobiliario o los colores para poner ejemplos muy simples. Pero ¿porqué no salir de las instalaciones propias e ir a otros lugares? Porque no sacar las referencias habituales de tu puesto de trabajo e ir a lugares totalmente ajenos? Es en estos lugares donde podremos crear con más facilidad y dónde estableceremos nuevas conexiones sorpresivas. Será en estas situaciones donde podremos hacer que compañeros que normalmente no tienen ninguna relación puedan interactuar y a saber qué saldrá, ¡quizás la última idea genial! Quizás una mejor y más fluida colaboración. Para una organización es estratégico hacer que su gente se inspire y tenga nuevas ideas a cada paso, ideas que pueden volver a la organización en forma de nueva oportunidad.

Haz la prueba, la próxima reunión de trabajo salid de la empresa. Vais a un lugar que no tenga nada que ver con vosotros. Incluso os puede ir bien hacer conexiones con la simbología del lugar al que vayáis. Por ejemplo, un entorno deportivo puede inspirar ideas conectadas con los valores del deporte. O un entorno histórico os puede generar conexiones relacionadas con la trascendencia o la calidad. Podéis buscar espacios que tengan un contenido cultural. O que simplemente estén amueblados a la antigua. Seguro que cerca vuestro hay algún espacio que os puede servir, ¿porqué no probarlo? ¿que es lo peor que puede pasar?

Romper la rutina para vivir lo extraordinario, ¡esta es la clave!

Foto de Aleksander Naug en Unsplash

¡No es la tecnología, estúpido!

¡No es la tecnología, estúpido!

Pues no, la tecnología no es la madre de tus problemas. Y disculpa por lo de estúpido. La intención era captar tu atención, no molestarte. La tecnología no es el camino más corto hacia la innovación. Ni hacia la productividad, ni hacia la creatividad.

Tenemos una tendencia preocupante a buscar la última herramienta, la nueva tecnología que ahora sí nos va a convertir en más productivos o más innovadores. El último juguete con el que perder el tiempo mientras dejamos de preocuparnos (y ocuparnos) de lo importante. Lo vemos constantemente en todo tipo de organizaciones, es como una plaga. Parece que si estamos a la última, si nos compramos el último dispositivo, nos descargamos la más descargada aplicación o si adquirimos no sé qué tecnología ya tenemos el problema solucionado. Nos da la impresión de que así nuestra conciencia innovadora puede descansar, estamos en la tranquilizadora última onda. Porque claro, ¿qué nos pasaría si, pobres de nosotros, decidiésemos no hacerlo? ¿Cuáles son las siete plagas a las que nos veríamos castigados?

El fast-food de las soluciones tecnológicas

Buscar soluciones rápidas y, dicho sea de paso, poco dolorosas es algo muy propio de nuestro tiempo. Un tiempo cargado de prisas, urgencias y desatención. Es cierto que a los trabajadores del conocimiento nos han caído una colección de herramientas y tecnologías increíbles en los últimos pongamos diez años. Hemos vivido muchos más cambios tecnológicos en nuestro ámbito más personal y profesional que en los veinte años anteriores. Y eso es mucho decir, la velocidad del cambio está siendo muy potente y acelerada. Así que da un poco de vértigo echar la mirada atrás y ver cómo trabajábamos y nos organizábamos hace tan solo cinco o diez años. ¿Alguien se acuerda de cuando las empresas hacían planes de marketing a tres años? Viendo todo lo que hemos visto, ¿alguien se atrevería a decir cómo nos comunicaremos con los clientes dentro de tres años? Yo no.

Sin embargo lo que está muy claro es que todos estos cambios son tan solo un anuncio de lo que está por llegar. Si algo hemos podido aprender últimamente es que nos va a tocar desaprender a un ritmo veloz. No nos queda otra que estar dispuestos a cambiar nuestros hábitos más arraigados para poder sobrevivir en un entorno de adaptación exigente, voraz. Yo a veces he puesto el ejemplo de los carpinteros. Tú entras en una carpintería y verás enseguida todo tipo de utensilios y herramientas que el carpintero por supuesto domina y conoce en profundidad. Pero a nosotros nos han dado un arsenal de tecnología bestial al que no sabemos sacarle todo el provecho que debiéramos. Nos falta cultura digital, seguramente conocimientos básicos de aplicación transversal para comprender cómo todos esos juguetitos pueden ser un apoyo en lugar de un obstáculo.

El nuevo entorno hacia la innovación

Y en el tránsito a menudo lo que hacemos es simplemente dar un salto de una herramienta a otra. Como si lo nuevo fuese mejor que lo viejo por el simple hecho de serlo. Así vamos viendo capas de tecnología que se superponen una sobre otra sin sentido ni visión de conjunto. Algo que se entremezcla con otros problemas, como la histórica falta de planificación, el mínimo sentido de organización del trabajo o la gestión de la agenda. ¿Básico? Sí. Pero mi experiencia me dice que muchos profesionales, demasiados, han conseguido prosperar en su carrera sin esas habilidades mínimas.

Y eso ha servido para llegar aquí, hasta que hemos llegado a un entorno en el que la información ya no es escasa, sino que es casi excesiva. A un entorno en el que las interacciones con otras personas aumentan porque aumenta el trabajo interdependiente. A un entorno más abierto que exige mayor autogestión y enfoque a resultados. Si en este entorno no estás cómodo, si sientes que no llegas a todo y que el día a día se te come es que estás recibiendo señales del futuro. Señales que te están indicando que debes cambiar rápidamente y adaptarte para poder sobrevivir. Para poder competir en un entorno complejo como el que nos ha tocado vivir no te queda otra que espabilar.

Así que no, lamento decírtelo, pero no es la tecnología tu mayor problema. Tu mayor problema es posible que tenga que ver con la validación de tu modelo de negocio, la revisión de tu propuesta de valor, la falta de innovación y creatividad o cómo se sienten las personas de tu equipo trabajando contigo. Pero todo eso no tiene nada que ver con ninguna herramienta o tecnología digital.

Quizá, sólo quizá, debas cambiar el foco y revisar en profundidad otras áreas de tu gestión. Porque sólo así serás capaz de ver que el talento es democrático, que las buenas ideas están por todas partes y que eres tú el que debes liderar tu cambio.